top of page
WhatsApp Image 2025-10-07 at 18.15.47 (1).jpeg

Diseña tu vestido con Laura Monge

Add paragraph text. Click “Edit Text” to update the font, size and more. To change and reuse text themes, go to Site Styles.

Rosa & Guille: una boda mediterránea llena de luz, raíces y amor

  • ARIADNA MONGE
  • 8 nov
  • 4 Min. de lectura

«Reviviría ese día una y otra vez»


Guille y yo nos conocimos en 2013, cuando ambos éramos becarios en Coca-Cola. La chispa de la felicidad, como no podía ser de otra manera, nos alcanzó también a nosotros. Un año después ya éramos pareja y mejores amigos, con apenas 23 y 24 años. Ocho años más tarde, después de miles de planes, viajes y risas compartidas, Guille me pidió matrimonio en el lugar más inesperado y mágico posible.


Habíamos planeado un fin de semana de descanso en el Monasterio de Santa María de Huerta, en Soria. Paseando por sus jardines, encontramos sobre una mesa de piedra una carpeta con fotos de toda nuestra historia. Aún estaba procesando la sorpresa cuando, al darme la vuelta, vi a Guille arrodillado con el anillo. Fue el 14 de noviembre de 2021, un día que jamás olvidaré.



Nuestra boda se celebró el 3 de septiembre de 2022 en Jávea, Alicante, un lugar muy especial para mí, mi refugio desde siempre. Quería casarme allí, en nuestra casa familiar, rodeada de ese Mediterráneo que tanto amo, con sus buganvillas, sus palmeras y el olor del mar al atardecer. La ceremonia tuvo lugar en la Ermita del Santo Cristo del Calvario, una joya blanca con cúpula azul que se alza en el monte Montgó y desde la que se divisa el mar. Nos casó mi primo segundo, el padre Borja Coello de Portugal, haciendo la ceremonia aún más personal y emotiva.

Todo lo organizamos Guille y yo, cuidando cada detalle. Semanas antes del gran día, se unieron a nosotros María Monllor y Natalia García, wedding planners de Jávea, que se encargaron de coordinar y dar forma a toda la logística. Sin ellas no habría sido posible que todo saliera tan bien.

El cóctel se celebró en el porche y los jardines de la casa familiar, mientras caía un atardecer dorado sobre las palmeras. El catering, a cargo de Terre (Murri), fue un verdadero festival gastronómico: bogavante braseado con sukalki de puerros y un solomillo de ternera con pera asada, fondillón y turrón de dátil. Como postre, un delicioso volcán de turrón o un sorbete de limón con jalea cítrica.


El jardín se iluminó con guirnaldas de bombillas de filamento y lámparas de rafia, y el gran árbol centenario se vistió de luces como un “sauce llorón”. Las naranjas fueron el hilo conductor de toda la decoración —en honor a la tierra levantina— presentes en las invitaciones, centros de mesa y minutas. La magia lumínica fue obra del equipo de Ledilux, y la fiesta cobró vida gracias al DJ Ángel de Stane Events, que montó una estructura sobre la piscina a modo de puente: un espectáculo de luces, música y alegría.

ree

Mi vestido fue un diseño de Laura Monge, y desde el primer boceto supe que ella entendería mi esencia. Quería verme de novia, pero sin sentirme disfrazada. Buscaba cortes elegantes y favorecedores, con inspiración griega, medieval y romántica. Soñaba con una capa que naciera de los hombros, en lugar de velo, y con unas mangas que pudiera quitarme tras la ceremonia. Laura dio con mi estilo y lo elevó a algo aún más especial, logrando que me sintiera yo, auténtica y luminosa.


Además, Laura también diseñó el vestido de mi madre, confeccionado a partir de un saree indio que mi hermano le había regalado tras su viaje de novios a Sri Lanka. Con la magia que la caracteriza, transformó aquellas telas llenas de historia en un vestido espectacular y actual. Fue muy emocionante verla con él.



Llevé unos pendientes de brillantes, oro blanco y perlas australianas que mi padre regaló a mi madre en sus bodas de plata; eran mi joya más preciada. Mis amigas más íntimas me regalaron una sortija de oro blanco y brillantes con sus iniciales grabadas —nuestra tradición— y llevé también los pendientes solitarios que me regalaron para la ocasión. El “algo azul” fue una sortija con piedras azules que me dio mi amiga Belén la noche anterior. Y las alianzas se realizaron con el oro fundido de una medalla escapulario de mi bautizo, un símbolo muy especial.

Los zapatos fueron un capítulo aparte: diseñados a medida por Pedro Miralles y su hija Patricia Miralles, una de mis mejores amigas. Los hicimos juntos en su taller, inspirados en mi vestido y el color del ramo. Eran unas sandalias únicas, con alma y mucha historia.

Mi ramo de novia, de Floristería La Espina de Jávea, era de flores preservadas: hortensias melocotón, eucaliptos en tonos verdes y anaranjados, espigas de trigo y plantas silvestres. En mi tocado, muy fino y sencillo, llevé cuatro pequeñas flores del mismo ramo. El maquillaje y peinado fueron obra de Jessica de Art en Tall, que supo captar a la perfección ese equilibrio entre naturalidad y elegancia, dejando ver tanto la espalda del vestido como las joyas.


Aquella noche entendí que no solo celebrábamos nuestra boda: celebrábamos la vida, la familia, los amigos y todos los caminos que nos habían llevado hasta allí. Fue una boda hecha a medida del corazón.



 
 
 

Comentarios


bottom of page